miércoles, enero 14, 2009

Otro ángulo del conflito palestino-israelí por Amos Oz

Cuando se trata de los fundamentos del conflicto árabe-israelí, en particular los conflictos palestino-israelíes, las cosas no son tan simples. Y mucho me temo que yo no lo pondría más fácil diciendo: estos son los ángeles y aquellos los demonios. Solo hay que apoyar a los ángeles y el bien prevalecerá sobre el mal. No es tan simple, porque el conflicto palestino-israelí no es una película del Salvaje Oeste. No es una lucha entre el bien y el mal, más bien lo considero una tragedia en el sentido más antiguo y preciso del término: un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana.

Los palestinos están en Palestina porque esta es la patria, la única patria de los palestinos. Igual que Holanda es la patria de los holandeses o Suecia la de los suecos. Los judíos israelíes están en Israel porque no hay otro país en el mundo al que, como pueblo, como nación, puedan llamar hogar. Sí como individuos, pero no como pueblo, no como nación. Los palestinos han intentado, a regañadientes, vivir en otros países. Fueron rechazados, a veces incluso humillados y perseguidos, por la supuesta “familia árabe”. Se les hizo tomar conciencia de la manera más dolorosa de su “palestinidad”; no fueron aceptados como libaneses, ni como sirios, ni como egipcios, ni como iraquíes. Tuvieron que aprender con dureza que son palestinos y que Palestina es el único país al que pueden aferrarse.

Curiosamente, los judíos han tenido una experiencia histórica un tanto paralela. Fueron expulsados a patadas de Europa. Así sucedió prácticamente con mis padres hace unos setenta años. Igual que los palestinos fueron expulsados a patadas primero de Palestina y luego de casi todos los países árabes. Cuando mi padre era niño en Polonia, las calles de Europa estaban cubiertas de pintadas como “¡Judíos, a Palestina!”, y a veces menos amables: “¡Malditos judíos, a Palestina!”. Cuando mi padre volvió a Europa cincuenta años después, las paredes estaban cubiertas de pintadas como “¡Judíos, fuera de Palestina!”.

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Voy a hablar de la naturaleza del acuerdo, pero quiero decir desde el principio que va a doler de lo lindo. Porque ambos pueblos aman el país. Porque judíos israelíes y árabes palestinos tienen en él profundas —diferentes pero profundas— raíces históricas y emocionales. Uno de los componentes de esta tragedia, uno de los aspectos teñido de cierto malentendido, es que muchos judíos israelíes no se dan cuenta de lo profunda que es la conexión emocional de los palestinos con la tierra. Igual que muchos palestinos no consiguen darse cuenta de lo profunda que es la conexión judía con la misma tierra. Pero para llegar a comprenderlo, ambas naciones tienen que atravesar un doloroso proceso que pasa por prescindir de los sueños, de las ilusiones, de las esperanzas y de los viejos eslóganes del pasado en ambos bandos.

“Una de las cosas que hacen especialmente duro el conflicto palestino-israelí o árabe-israelí es que se produce entre dos víctimas del mismo opresor. La Europa que colonizó el mundo árabe —explotándolo como patio de recreo imperialista— es la misma Europa que discriminó a los judíos, los persiguió, los acechó en sueños para terminar asesinándolos en masa en un crimen genocida sin precedentes”.

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Cada una de las partes mira y ve en la otra la imagen de sus opresores del pasado. Con frecuencia, los judíos israelíes aparecen caracterizados como prolongación de la Europa blanca del pasado, sofisticada, tirana, colonizadora, cruel; y sin corazón.

Son los colonizadores que llegaron a Oriente Próximo una vez más, esta vez disfrazados de sionistas. Pero llegaron para tiranizar, colonizar, explotar. Son los mismos, ya los conocemos.

Muy a menudo los árabes, incluso algunos escritores árabes sensibilizados, no consiguen vernos —a nosotros, judíos israelíes— como realmente somos: un puñado de refugiados y supervivientes medio histéricos, obsesionados por terribles pesadillas, traumatizados no solo por Europa sino también por el trato recibido en los países árabes e islámicos. La mitad de la población de Israel es gente expulsada a patadas de países árabes e islámicos. Pero no nos ven así, sino como una prolongación del pasado colonialista.

Así mismo, los judíos israelíes no ven a los árabes, especialmente a los palestinos, como lo que son: víctimas de siglos de opresión, explotación, colonialismo y humillación. Más bien los vemos como iniciadores de pogromos y nazis, que se envuelven en cofias, se dejan crecer bigote y se tuestan al sol. Pero que siguen con el mismo viejo juego de rebanar gargantas de judíos por diversión. En resumen, son nuestros opresores del pasado que vuelven a empezar.

Hay una gran ignorancia a este respecto en ambos bandos: no ignorancia política de propósitos y metas, sino de los antecedentes, de los profundos traumas de ambas víctimas.

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Pero siempre será mejor que esa especie de infierno en vida que todos sufren ahora en ese país tan amado. Palestinos diariamente oprimidos, asediados, humillados, que pasan hambre y privaciones a causa del cruel gobierno militar israelí. Israelíes cotidianamente aterrorizados por despiadados ataques terroristas indiscriminados a civiles, hombres, mujeres, niños, escolares, adolescentes, clientes de un centro comercial. ¡Cualquier cosa es preferible a esto!


Apartes de la conferencia “Sobre la necesidad de llegar a un compromiso y su naturaleza”, del 23 de enero de 2001. Tomado de Amos Oz, Contra el fanatismo, ediciones Siruela-2005. Ver artículo completo aquí.