La provocación terrorista de Hamas y la reacción destructiva e implacable de Israel, alimentándose mutuamente, no hacen más que actualizar salvajemente las posiciones más extremas en cada uno de los lados del conflicto. De una parte, la de que la eliminación de Israel debe ser una reivindicación palestina, según Hamas, y de otra parte, la de que negar el derecho nacional a un Estado palestino es una necesidad para la seguridad de Israel.
Confirmados estos extremos por el lenguaje de las armas -lenguaje a la vez brutal y subliminal, a la vez directo y sesgado- el horizonte de una solución se aleja, se difumina, se pierde. Sin horizonte de solución, la crisis se desata para justificarse por sí misma, no para acercar alguna solución; la guerra se vuelve un remolino que de tanto en tanto da vueltas en torno de sí misma. Y los muertos que ella arroja, aún con todo el desgarramiento y el dolor con los que arrastran, no son para Hamas o para Israel la terminación abrupta de cada existencia humana, no son la violación última del derecho a vivir de una persona. No son portadores de un aliento trascendental, por mucho que cada uno de los contendientes envuelva sus pretensiones con un halo religioso. Son, por el contrario, sujetos convertidos en objetos, personas cosificadas, por la vía de la eliminación violenta y llamados a representar una despreciable simbolización funcional; es decir, llamados a materializar la simbolización repudiable de cada una de las posiciones de esas políticas inflexibles. Los cuatro ciudadanos israelíes asesinados por los cohetes de Hamas significan para éste la afirmación de que Israel debe desaparecer. Los casi 1000 palestinos asesinados por Israel al día de hoy (incluido más de un centenar de niños) solo serán el decorado terrible con el que tal Estado hace significar el hecho de que los palestinos (a través de la figura de Hamas) siguen siendo un peligro al que hay que reducir.
La funcionalidad simbólica de esta guerra, mediante la ocupación de Gaza, es la de confirmar esa especie de regreso recurrente a las posiciones extremas, que no facilitan un acuerdo razonable. Su funcionalidad práctica es la de debilitar cualquier esquema de negociación que implique concesiones serias entre ambas partes.
Texto extraído del artículo: La Operación “Plomo Fundido”, o la escalada de la muerte en Gaza de Ricardo García Duarte para la revista digital Razón Pública. Leer artículo completo aquí.


